El poder de las palabras, con Luis Castellanos

LUIS CASTELLANOS, 65 AÑOS, FILÓSOFO E INVESTIGADOR DEL LENGUAJE POSITIVO

MADRID, 10 DE JULIO DE 2020

Dime cómo hablas y te diré quién eres. El lenguaje que utilizamos tiene un efecto físico en nuestro cuerpo y nuestro cerebro. La ciencia del lenguaje positivo investiga qué decimos con el propósito de crear un habla y una vida más inteligente, más rica, más libre y evolucionada. Descubre la biología del lenguaje. Luis Castellanos nos lo explica en sus libros: La ciencia del lenguaje positivo, El lenguaje de la felicidad y Educar en lenguaje positivo

¿Qué son las palabras?

La información que cargamos en nuestro cerebro para poder actuar, son unidades mínimas de acción. Según el día, elegiremos unas u otras. Un día usaremos la palabra esfuerzo, otro día amor, un día diremos y otro no. Eso sí, ciertas palabras fondean y anclan para que tu vida sea más digna, para tener un corazón afectuoso: son las palabras magnéticas y necesarias en nuestra mente para no perder el rumbo: amistad, compasión, bondad, amabilidad, sabiduría…

¿Por qué elegir nuestras palabras?

¿Cómo quieres que sea la historia de tu futuro? Las palabras son planes concretos para hacer reales nuestros sueños. Cada palabra es una unidad de acción concreta. Si no la eliges, la acción quedará al azar del lenguaje que utilizas. Las palabras nos dan la oportunidad de ser mejores, aunque a veces no queremos cambiar… No somos conscientes, damos como verdad todo lo que ocurre.

Las palabras tienen el poder de crear una buena historia de vida

Sí, tienen un poder positivo que te lleva a ser más creativo, reactivo, te regala tiempo; y un poder negativo que te lleva a rumiar, a remugar. Los dos lenguajes te activan, pero de forma diferente: uno te da tiempo, el otro te lo quita. El lenguaje negativo es como un videojuego, un sistema de atención y tiempo donde vas pasando de niveles, capturando tu atención y tu tiempo. La vida se basa en dónde pones tu atención y tu tiempo.

¿Y qué lenguaje utilizamos hoy?

El mismo que ha predominado en los últimos años. Un lenguaje muy centrado en el valor económico, con escasez de otros lenguajes tan necesarios para nuestra vida. Vivimos pendientes de lo dicen nuestros políticos, empresarios, banqueros… Prácticamente todo gira en torno a lo que se puede comprar con dinero. Nos domina, e incluso parece que queremos que nos domine… La apetencia por tener es un deseo muy arraigado en nuestra mente. En las empresas, deberíamos cambiar el lenguaje tradicional por un liderazgo más íntegro y positivo, aunque nunca es el momento… En la sanidad ocurre lo mismo. El sistema de salud ha estado expuesto a una realidad muy compleja, y necesitan explicarse, hablarlo entre iguales y entre otros.

Y no se actúa…

La situación nos preocupa, pero no le dedicamos los espacios. Damos por válidas demasiadas cosas que no son buenas para nuestro futuro, y el lenguaje tiene mucho que ver. Nosotros, nuestras empresas, somos instrumentos de paz. Si no lo son, algo está fallando. Estamos sometidos a una escasez de lenguaje. Ahora gobierna el lenguaje de la crisis, el rebrote, la pérdida… No es viable, y la mayoría de la población recibe el mismo mensaje por televisión, prensa, radio… Hablamos… ¿de una situación bélica, una situación de crisis? Cuando, quizá, realmente no sea así, estrictamente hablando. Sí una crisis sanitaria, ¿pero una crisis en el pleno sentido de la palabra? Tampoco es una oportunidad… Posiblemente, sea otra cosa que debemos definir. ¡Veamos qué es! Tal vez no estamos eligiendo bien las palabras de lo que estamos viviendo.

Entonces ¿predomina el lenguaje del miedo?

Sí, es un lenguaje con cierta sutileza. Constantemente escuchamos “tenemos que cuidar de otros, tenemos que darnos cuenta de que esto es global, tenemos que, tenemos que…”, viviendo así en una escasez de posibilidades, dominados por el miedo, dominados por otros, dominados por personas que nos aclimatan al temor constante. La mentira que se utiliza es un gabinete de falsas promesas e hipocresía. Es la evidente manipulación que se hace del lenguaje, y con intención. Esta es una de las claves: hay intencionalidad. Nuestros políticos, empresarios, sistemas económicos… seleccionan el lenguaje, lo acotan y lo crean para su propio beneficio. El lenguaje de la mayoría de los líderes, y el nuestro propio, es muy pobre. El lenguaje positivo puede ser una liberación. Es un gigante dormido al que hay que despertar. Aunque a los políticos no les interese que despierte…

Todo vuelve con un lenguaje muy parecido

Con todo lo que ha ocurrido, nos damos cuenta de que recogemos las palabras de siempre: crisis, recortes… Se innova en muchos ámbitos, pero no en el lenguaje. No se crean nuevas herramientas lingüísticas para permitir lo que todos decimos que queremos: una vida más plena, ser más felices, más bienestar… El lenguaje no se cuida y deberíamos usar más palabras habitadas.

¿Palabras habitadas?

Una palabra es digna de ser habitada cuando construye un buen corazón en ti, cuando genera esperanza en las personas. Las buenas palabras requieren entreno y cuidado, dándote una mirada limpia, viendo al otro como digno de ser respetado. Las palabras habitadas no se manipulan, porque son tú mismo. Con los chicos, es algo que trabajamos. Las decisiones de hoy son el futuro que vivirán mañana. Si no habitamos nuestras palabras, las palabras serán vacías y recortarán parte de su futuro en beneficio del presente.

Entonces, ¿el lenguaje realmente nos cambia?

Si cambias tu lenguaje, cambias tu manera de vivir. Y si cambias tus relaciones, cambias el significado de tu vida. Se trata de tomar decisiones, aunque quizá a algunos no les interese que lo hagas para seguir vendiéndote la moto de alguna manera. El lenguaje como factor de innovación y futuro, sin duda, es transformador.

¿Cómo tomamos conciencia de nuestro lenguaje?

Primero, ten ganas de avanzar por ese camino. Es una decisión, requiere entrenamiento y compromiso. La plasticidad del cerebro se puede trabajar y construir nuevas conexiones neuronales. Segundo, entrena. Puedes hacer listas de comprobación de 60-90 segundos con 12 ítems: chequea si las palabras que más te importan (un buenos días a tus seres queridos, una sonrisa…) aparecen en tu día. También puedes grabarte en soledad o estando con gente conocida, observa cómo hablas. Así sabrás cuál es tu obra interior y tu obra exterior.

¿Para qué?…

Para tener la capacidad de elegir tus palabras, regular tu propio pensamiento y acción, ampliar tu vocabulario (¡consulta diccionarios de sinónimos, antónimos…!). El tercer paso es la autonomía y la libertad: no sentirte tan influido por tu propio lenguaje, que ahora ya conoces, ni por el lenguaje de otros que puede llevarte donde tú no quieres. El cuarto sería la estabilidad cotidiana para mantenerte con buenos hábitos personales, profesionales, de amistad… Por último, las competencias. Ser una persona competente para intervenir en la sociedad, para contribuir a un mundo mejor. La salud del lenguaje es la salud del mundo.

¿Qué lenguaje dejaremos en herencia?

Escucha el lenguaje que aparece en la política, las empresas, los medios de comunicación, los grandes poderes… ¿Queremos dejar el lenguaje del odio, el rencor, la economía, el poder…? ¿O queremos generar el lenguaje de la alegría, la compasión, la amabilidad, la bondad, sin excusología para no generarlo? Como el lobo bueno y el lobo malo, ganará el que más alimentemos. Si fomentamos las palabras de culpa, pérdida, crisis, incertidumbre… eso crecerá en nuestros corazones.

Para acabar, recomiéndanos algunos hábitos para mejorar nuestro lenguaje

Por la mañana, reserva un momento para guardar silencio y quietud. Piensa cómo va a ser tu día y qué lenguaje utilizarás. Vístete con una palabra que genere alegría, entusiasmo, esperanza, respeto, honor por las personas con las que te cruzarás… Un cuarto de hora antes, anticípate a quien vayas a ver: cómo es esa persona, qué te dice, cómo se relaciona contigo… Por la noche, revisa si el día ha sido como querías, y si el lenguaje se ha despistado, cómo puedes recuperarlo. No se trata de alcanzar la perfección, sino de darte cuenta de que es un poco mejor que hace unos días. Es tan sencillo como responder a la base del lenguaje positivo:

Hoy, ¿qué puedo hacer para aportar un poco de paz?

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